CHRISTOPHER LASCH, DE LA “NUEVA IZQUIERDA” AL POPULISMO

CHRISTOPHER LASCH, DE LA “NUEVA IZQUIERDA” AL POPULISMO

José Alsina Calvés
Christopher Lasch, nacido el 1 de junio 1932 en Omaha y fallecido el 14 de febrero de 1994 en Pittsford, fue un pensador sociopolítico norteamericano, cuya trayectoria ideológica muestra de forma nítida como los ideólogos del populismo puedan proceder tanto de la “derecha” como de la “izquierda”. En la década de los 60 Lasch militó en la Nueva Izquierda Americana (junto con Paul Piccone, editor de la revista Telos, que también acabaría evolucionando hacia el populismo).

Recordemos que la Nueva Izquierda Americana fue un movimiento muy influido por la escuela de Frankfurt, especialmente por Herbert Marcuse, que inspiró las revueltas estudiantiles de los años sesenta que se iniciaron en Estados Unidos y continuaron en Francia, dando lugar al llamado “Mayo del 68”. Lasch no tardó mucho en decepcionarse de este movimiento, al que reprochaba su sectarismo y su obsesión por los grupos marginales. A principio de los setenta empezó a interesarse por el marxismo ortodoxo, al cual accedió a través de la obra de Gramsci, de Lukacs y de Horkheimer.

La profundización de sus ideas sobre el arraigo familiar y las comunidades de base le condujeron a la idea de unir derecha e izquierda, y, en su búsqueda de referentes, exhumó la tradición perdida del “populismo agrario”, que se había desarrollado en Estados Unidos en el siglo XIX de la mano del Partido Popular Americano.

Las dos grandes aportaciones de Christopher Lasch a la fundamentación teórica del populismo han sido su crítica demoledora a la ideología del progreso y su denuncia de la Nueva Clase y de la “rebelión de las élites”.

La ideología del progreso
La crítica de Lasch a la ideología del progreso contiene elementos de gran originalidad. Rechaza la idea de que la fuente principal del progresismo sea la secularización de la creencia cristiana en la Providencia. Admite que las sectas milenaristas, afirmando que el fin del mundo será precedido por mil años de paz y plenitud, puedan haber tenido su influencia, pero este concepto habría sido muy minoritario entre los cristianos, la mayoría de los cuales han creído siempre que el mundo es “un valle de lágrimas” y esta vida una estación de paso.
Lasch rechaza la influencia de cualquier pensamiento utópico en la ideología del progreso. Sostiene que la ideología del progreso, tal como la conocemos mayoritariamente hoy, nos ha sido legada por la rehabilitación del deseo, efectuada por diversos autores del siglo XVIII, entre los que destaca Adam Smith. Partiendo del principio que los “vicios privados” son, al mismo tiempo “virtudes públicas”, los filósofos liberales acreditaron la idea de que una expansión ilimitada del deseo favorecería el desarrollo indefinido de la civilización.
Esta idea llega a su máxima expansión en la posmodernidad, donde el post-individuo, sujeto político del neoliberalismo, “liberado” de toda identidad y tradición, puede expandir su deseo de forma totalmente ilimitada.

Para Lasch el problema de esta ideología reside en su inquebrantable optimismo. Al negar la necesidad de los límites el liberalismo ha minado cualquier espíritu de sacrificio, y al suponer que nuestros vicios son útiles a la colectividad ha animado la complacencia y la autosatisfacción.

Lasch sostiene que la auténtica esperanza, de la que tan necesitado está nuestro tiempo, es incompatible con la adhesión a la mística del progreso, ya que la esperanza humana se funda en una aceptación lúcida de los obstáculos. La negación del pasado a través de un progresismo y un optimismo superficial, es la prueba de la desesperación de una sociedad incapaz de afrontar el futuro.

Por tanto vemos que uno de los pilares básicos del populismo, tal como Lasch lo entiende, es una crítica inmisericorde a la ideología del progreso y su superficial optimismo. Ello implica una revisión y un replanteamiento de todos los mitos de la Ilustración, fuente inagotable de las ideologías de la Modernidad y de su consumación posmoderna. Afirmar el populismo significa rechazar el liberalismo en todas sus manifestaciones.
Sin embargo el discurso de Lasch no se limita a una deconstrucción filosófica de la Modernidad y de la Ilustración, y de su hijo primogénito que es el liberalismo. Su análisis sociológico, centrado en la “rebelión de las élites” y en la descripción de la Nueva Clase, proporciona los elementos sociopolíticos imprescindibles para el desarrollo del proyecto populista.

La Nueva Clase y la “rebelión de las élites”
El concepto de Nueva Clase, que acuñó Lasch, es un concepto sociológico que procede de la observación de las transformaciones sociales producidas en la posmodernidad. Siempre han existido clases dirigentes, privilegiadas u oligárquicas, pero hasta no hace mucho estos grupos estaban mucho más integrados en las comunidades nacionales y consideraban, al menos en teoría, que tenían unos deberes con el conjunto de estas comunidades. Las grandes familias, los empresarios, los terratenientes no vivían aislados, sino que se consideraban parte del “pueblo”, entendiendo pueblo en el sentido más genérico de comunidad nacional.

Las dinámicas del neoliberalismo y el globalismo han generado un tipo de sociedad que ya no se dirige hacia la nivelación de las distinciones sociales, sino que corre hacia una sociedad de dos clases. La destrucción progresiva de las clases medias, que incluían un sector importante de la clase obrera “promocionada”, ha sido consecuencia de las vuelta al revés de las políticas keynesianas y desarrollistas que predominaron, al menos en Europa, en los “treinta años gloriosos” de 1950 a 1980.

Estas políticas se implementaron tanto desde la izquierda como desde la derecha: el desarrollismo franquista, el capitalismo social alemán, el estado del bienestar socialdemócrata o el Soberanismo social de De Gaulle tendían todos ellos a consolidar una potente clase media y a integrar a segmentos importantes de la clase obrera a través de los pactos sociales Estado-sindicatos-patronal. El ascenso al poder de Thatcher en Inglaterra y de Reagan en Estados Unidos marco el giro de 180º hacia políticas neoliberales.

Estas dos clases que se consolidan tienen poco que ver con la burguesía (propietarios de los medios de producción) y proletariado (que venden su fuerza de trabajo). La Nueva Clase, la nueva oligarquía, no está formada por empresarios ni por terratenientes, sino por aquellos que controlan los flujos de dinero y de conocimiento e información: ejecutivos de las grandes firmas, altos funcionarios, brókeres, periodistas de alto nivel, profesores universitarios (especialmente de las grandes escuelas de negocios) ….

Entre las características de esta Nueva Clase cita Larsch el continuo incremento de sus ingresos, el que este incremento no proceda de las propiedades sino del control de la información y de la pericia profesional, su afirmación meritocrática (estamos donde estamos por nuestros méritos, no por una herencia), pero sobre todo por su alejamiento, tanto físico como emocional, del resto de la población.

Quizás la característica fundamental de la Nueva Clase es que sus miembros tienen mucho más en común con sus homólogos de otros países occidentales que con cualquier miembro de su propia comunidad. Un miembro de la Nueva Clase americana se siente mucho más próximo a otro miembro de la Nueva Clase de Europa o de Japón que a cualquier habitante de la América profunda.

El componente meritocrático de la ideología de esta Nueva Clase envuelve a sus miembros en una gran arrogancia, pues consideren que el lugar privilegiado que ocupen en la sociedad se debe únicamente a sus propios méritos y no al hecho de ninguna herencia. Todo ello les lleva a un profundo desprecio la gente común, que viene a representar aproximadamente el 80 % de la población. No es el miedo de antaño de las oligarquías a las llamadas “clases peligrosas” a las que veían como un peligro revolucionario, sino todo lo contrario. Desconfían de este pueblo llano porque lo ven conservado, incluso reaccionario. Porque lo ven apegado a valores tradicionales, porque se opone al progreso y porque está lleno de tics xenófobos, homófobos y racistas. No hay más que escuchar las opiniones de muchos dirigentes demócratas respeto a los votantes de Trump para ver muy claro el desprecio de la Nueva Clase hacia la mayoría de los votantes norteamericanos.

Estas clases privilegiadas, según Lasch el 20% de la población, se han independizado, de un modo alarmante, no solamente de las ciudades industriales en decadencia, sino de los servicios públicos en general. Sus hijos estudian en escuelas y universidades privadas, viven en urbanizaciones con seguridad privada y se aseguran contra las emergencias médicas en planes mantenidos por las empresas. No solamente no ven sentido en pagar impuestos para mantener unos servicios públicos que no utilizan, sino que muchos han dejado de considerarse americanos, franceses, alemanes o españoles, y de sentirse implicados en el destino de sus comunidades nacionales, para bien o para mal.

En Europa los referendos sobre la unificación han descubierto una escisión profunda y creciente entre las clases políticas y los miembros más humildes de la sociedad, escisión que ha hecho crecer a los movimientos populistas y que ha dado un sentido político a su apelación al “pueblo”. Cada vez más la UE se ve como algo lejano, dominado por burócratas y técnicos carentes de todo sentimiento de lealtad nacional o civilizacional. Es esta Europa el idioma internacional del dinero habla mucho más fuerte que las lenguas locales. La UE es incapaz de proteger las propias fronteras europeas de la invasión de una inmigración descontrolada, ni de los productos agrícolas e industriales de fuera de Europa, que arruinan a la agricultura y a las industrias locales.

Lasch juega con el contraste del título de su libro, La rebelión de las élites y la traición a la democracia, con el del libro de Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, publicado en 1929 y traducido al inglés en 1932. Pero las tesis de Ortega y de Lasch, distintas, no son tampoco contrapuestas y tienen cosas en común. Cuando Ortega se refiere a la “masa” no está hablando del proletariado, ni de las clases populares, sino de un tipo humano, producto de la modernidad, que se puede encontrar en todos los segmentos sociales. Abunda mucho entre científicos y técnicos, personas que saben mucho de un tema determinado, pero que ignoran todo lo demás. A este fenómeno lo denomina Ortega la barbarie del especialismo, y tiene mucho que ver con la expertocracia actual, de la que deriva el poder de la Nueva Clase.

La “rebelión de la élites” protagonizada por esta Nueva Clase no consiste solamente en el desprecio hacia la mayoría de la población, sino en su negativa en aceptar cualquier responsabilidad que deriva de su poder y a sentirse solidarios con su propia comunidad nacional. El populismo moderno nace como respuesta a esta “rebelión de las élites”.

La construcción del populismo
En contra de lo que muchos sostienen, defendemos que el término “populismo” no es algo vago e indeterminado, sino que tiene unos referentes muy concretos. Otra cosa es la utilización del término como insulto o descalificación (similar a lo que ocurre con el término “fascista”). El término populismo debe ser reivindicado con orgullo por todos aquellos que se oponen por igual al neoliberalismo y a la izquierda decadente y adocenada.

Los antecedentes históricos del populismo se remontan al siglo XIX. El término aparece en Rusia en el año 1878, con el movimiento Narodnichestvo, que significaba “marchar hacia el pueblo” (“Narod” en ruso significa pueblo). Sin embargo no era un auténtico movimiento popular, sino una corriente intelectual que trataba de reencontrar la virtud política volviendo hacia el pueblo, y, más concretamente, hacia el campesinado. En una perspectiva cercana a los socialistas utópicos europeos, los populistas rusos pensaban que las comunas rurales y las tradiciones populares constituían las formas naturales de socialismo. El populismo ruso sufrió la represión del zarismo primero, y del comunismo después.

El primer movimiento realmente populista aparece en Estados Unidos en 1891, el Partido Popular (People’s Party). Surge en el seno del Partido Demócrata, con una base netamente agraria y hostil a las élites urbanas, a las ciudades, al ferrocarril y a los bancos. Reúne a granjeros y pequeños propietarios agrícolas, amenazados por el desarrollo industrial, los impuestos y los créditos bancarios.

También podemos encontrar elementos propios del populismo en el carlismo, aunque aparezcan algo desdibujados por su fidelidad ideológica con el Antiguo Régimen y su defensa del Trono y del Altar. Sin embargo su defensa de la propiedad comunal de los ayuntamientos y su base social netamente agraria, de campesinos y pequeños propietarios, lo acerca a los movimientos populistas. Estos elementos son particularmente evidentes en el carlismo catalán, que representa la protesta social de la Cataluña interior, pobre y poco poblada, frente a la Cataluña costera, rica y liberal.

Ya en el siglo XX nos encontramos con diversos movimientos políticos en Hispanoamérica que tienen características populistas, aunque combinados con un evidente sesgo caudillista. Tal sería el caso del primer peronismo en Argentina, el mandato de Lázaro Cárdenas en México, el de Getulio Vargas en Brasil o el de Pérez Giménez en Venezuela.

En Europa el populismo se encarna en movimientos como el Frente del Hombre Cualquiera (Fronte dell’Uomo Qualqune), del italiano Gugliemo Giannini, muy activo entre 1944 y 1949, con un discurso de reivindicación del ciudadano de a pie frente al poder del Estado, del gran capital y del comunismo. También en el poujadisme francés, liderado por Pierre Poujade entre 1953 y 1958, con un brazo sindical, la Unión de comerciantes y artesanos, y otro electoral, la Unión y Fraternidad Francesa, donde por cierto debuto en política Jean-Marie Le Pen.

En Europa las políticas desarrollista y keynesianas desarrolladas durante la segunda mitad del siglo XX, con su promoción de las clases medias y su tendencia a la integración de la clase obrera, dejaron sin base social a los populismos. Sin embargo, a partir de la década de los 80, con la victoria de Reagan en EEUU y de Thatcher en Inglaterra, se produce un giro radical en estas políticas. La ofensiva ideológica neoliberal, que afecta también a los partidos socialdemócratas, acaba con las políticas keynesianas. La Alemania de Merkel y, después, la Francia de Macrón, se suman a estas políticas: inmigracionismo, deslocalización de empresas, políticas de “austeridad”, libre comercio… El nuevo marco socio-económico provoca el hundimiento de las clases medias y el fortalecimiento de la Nueva Clase, tal como describe Lasch. La protesta de amplios sectores de la población da vida a los nuevos populismos: Le Pen en Francia, Salvini en Italia, Orban en Hungía…

Apelación al “pueblo”
Lo que caracteriza a los movimientos populistas es su apelación al “pueblo”. La pregunta obvia es ¿Qué entienden los populistas por “pueblo”? La palabra “pueblo” tiene una polisemia limitada, y de hecho hay tres acepciones de este vocablo que los populistas pueden utilizar, y en realidad el concepto populista de “pueblo” es una síntesis de estos tres significados:

· Pueblo como demos, es decir, como sujeto político de la soberanía. En este sentido la apelación al pueblo significa mayor participación, la simpatía hacia la democracia directa y un rechazo a la democracia representativa (liberal), en la cual los electos forman una casta que engaña sistemáticamente a los electores.

· Pueblo como etnos, es decir, como comunidad histórica con una identidad propia. En este sentido la apelación al pueblo significa una vuelta a la identidad, a las raíces, y un rechazo a la globalización y a la inmigración masiva que tienden a destruir esta identidad.

· Pueblo como plebs, es decir, los de abajo, los pobres, la gente común. En este sentido la apelación al pueblo significa una exigencia de justicia social, un mejor reparto de la riqueza, el fin de las políticas de austeridad y el rechazo a la oligarquía.

En la práctica política los tres conceptos vienen a superponerse: la dinámica neoliberal de destrucción de las clases medias, el empleo precario y los bajos salarios han convertido en plebs a más del 80% de la población. Esta población se siente agredida por la globalización y la inmigración masiva, ve como su cultura y su forma de vida está en peligro, y reacciona en defensa de su identidad (su etnos), y para ello reclama más participación, exigiendo una democracia más directa por encima de las estructuras representativas (el demos).
En esta síntesis está la esencia del populismo.

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