Una incitación al odio como magma jurídico. El feminismo liberticida

Una incitación al odio como magma jurídico
El feminismo liberticida

Es curioso que, en una época en la que se condenan y se criminalizan en cadena los “discursos de odio” y las “fobias” de todas clases, sobre todo “por razón de sexo ‒o de género”, nadie quiere ver en los huracanados movimientos #MeToo y #BalanceTonPorc (“Denuncia a tu cerdo”) lo que contienen exactamente, es decir, una incitación al odio de una violencia desatada y una androfobia manifiesta.

La guerra de «todas contra todos»

De la misma forma, mientras que se atacan regularmente las noticias falsas llamadas fake news hasta el punto de que, en algunos países, como Francia, ya preparan una ley para castigarlas, no parece que nadie se alarme por las confusiones burdas, las estadísticas sesgadas y ciertas “teorías” de charlatán transmitidas por militantes feministas.
Además, mientras que la corrección política progresista denuncia cotidianamente los “populismos” y las democracias “iliberales”, no parece ofuscarse con el populismo penal más brutal contenido en esos linchamientos y en el encarnizamiento represivo liberticida que produce como resultado. La historia banal de la investigación a un productor de cine de Hollywood, conocido tanto por su competencia en la selección de guiones y actrices como por sus apetitos sexuales, ha generado en las redes sociales y en los medios una campaña mundial de desprestigio y de odio contra todos los hombres, convertidos de repente en una horda de violadores y agresores sexuales. Las dos mitades complementarias de la humanidad se encuentran de repente erigidas en enemigos irreductibles: a un lado, los lobos, al otro, las ovejas. La Tercera guerra mundial está declarada: la de “todas contra todos”.

En aquella ocasión vimos a numerosas actrices, que con toda evidencia habían apostado sobre sus encantos para convencer a productores o realizadores célebres, acordarse, mucho después de los hechos sucedidos, haber sido agredidas sexualmente por aquellos que las habían citado en sus habitaciones. La primera de las precauciones de una mujer responsable y dotada de discernimiento es, generalmente, no aceptar nunca un encuentro en un sitio privado con un individuo que tiene una sólida reputación de obseso sexual, al menos si no se pretende intercambiar sus encantos contra un contrato, un rol, una promoción o un aumento de sueldo. Toda aceptación de una cita similar equivale, evidentemente, en el espíritu del poder que invita, a un consentimiento tácito. Por eso sorprende ver a la “víctima” decir que esto le chocó o le sorprendió cuando el interesado pretendió concluir el contrato. Un buen número de testimonios difundidos con ocasión de esta vasta delación no eran creíbles en absoluto, hasta tal punto que la vergüenza no cambió de bando realmente, y que tuvimos más bien compasión por todos esos hombres humillados, insultados, amenazados, arrastrados por el barro y, finalmente, retirados de sus funciones, mandatos o compromisos profesionales por un tribunal mediático donde el principio de contradicción estaba totalmente ausente.

El gran revoltijo jurídico

La “balanza del cerdo” (“balance” puede significar balanza o delación, NdT) no quería la de la justicia. El paralelismo con el tribunal de la Santa Inquisición saltaba a los ojos mientras que las caras de algunas figuras de proa del movimiento evocaban los rasgos de Savonarola o de Torquemada.
Sobre todo que, en medio de todos esos gritos y picotas, ya no se distinguía nada y no se sabía de qué se hablaba. Unas veces se trataba de violaciones, otras de miradas intensas, de manos sobre los hombros, de movimientos de un pie, de besos en el cuello, de caricias en el pelo, de piropos sobre la apariencia física o…de asesinatos conyugales. La frase “Es usted muy guapa” aparecía así al lado de golpes y heridas habiendo llevado a la muerte, en un gran revoltijo jurídico donde había desaparecido toda jerarquía de hechos y capacidad de discernimiento. Nunca la confusión se había adueñado tanto de las mentes; nadie parecía ya ser capaz de distinguir nada en absoluto.

Puesto que la justicia y sus procedimientos estaban precisamente acusados de no ayudar a todas esas víctimas y de no poder librarlas del varón, se decidió por supuesto reforzar todavía más el arsenal represivo, sin preguntarse seriamente sobre el resultado de los textos precedentes, ni parar paralelamente el linchamiento mediático.
Así es como fue aprobada este verano en Francia una nueva ley “que refuerza la lucha contra las violencias sexuales y sexistas” cuya exposición de motivos termina con la sorprendente fórmula “Para que la vergüenza cambie de bando” pero que, en realidad, debería hacer enrojecer a sus autores por una redacción tan lamentable que es una ofensa al Estado de Derecho.

Según que se sea un hombre o una mujer…

Ese texto es una acumulación de incriminaciones nuevas definidas por fórmulas incoherentes y desprovistas de sentido. Cesare Beccaria, que expuso en el siglo XVIII en su “Tratado de los delitos y las penas” los principios del Derecho Penal del Siglo de las Luces, se removería en su tumba leyendo semejantes estupideces. Todos los grandes principios liberales del Derecho Penal son ridiculizados por el neofeminismo: imprecisión y aproximación de definiciones penales incomprensibles y abandonadas a la completa subjetividad de quien las interpreta; desprecio del principio de contradicción, de las reglas de administración de las pruebas, de la presunción de inocencia y de la prescripción. Incluso se niega el derecho a la defensa a los hombres violentos cuyos abogados reciben ahora reprimendas de los jueces. En cuanto a los culpables que, como Bertrand Cantat, han purgado ya su pena por golpes habiendo llevado al homicidio involuntario, los militantes de la causa les llaman “asesinos” de todas formas, y pretenden prohibirles retomar su profesión.


El neofeminismo atenta también, a partir de ahora, contra el principio de igualdad ante la Ley y la Justicia. Matar a su pareja a tiros por la espalda es excusable cuando se trate de una mujer, hasta el punto de justificar la gracia presidencial a pesar de dos condenas judiciales convergentes, mientras que el asesinato de su pareja por un hombre constituye un “feminicidio” reprimido mucho más seriamente, cuyo autor no tendrá ni siquiera el derecho a escoger su línea de defensa, puesto que su abogado estará expuesto al linchamiento público.

Ya no es pues “según que se sea poderoso o miserable” por lo que variarán los juicios en la sala sino según el “género” de la víctima, despreciando la Declaración de 1789: “La ley será la misma para todos, tanto si protege como si castiga”. El aniversario del affaire Weinstein es, sobre todo, el de la arbitrariedad social y no es ningún regalo para el liberalismo y la justicia. ■ Anne-Marie Le Pourhiet

Fuente: Causeur
Traducción: Esther Herrera
Publicado en La Emboscadura 1

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